OPINIÓN

Simone Weil y la supresión de los partidos políticos

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Mirando con distancia lo que ocurre en nuestra sociedad y observando el “cansancio constitucional”, al que contribuyeron casi todos los partidos cuando discurrieron que cambiando la Constitución Política del Estado podrían superar la anomia, el levantamiento, las protestas o el estallido -también el golpe de Estado no tradicional o una posible revolución. Y así estamos, aún sin Constitución y con el riesgo de que ahora el “en contra” gane y todo el esfuerzo, y los recursos, se pierdan vergonzosamente. Podrían discurrir una tercera forma de hacer un nuevo proceso, lo que no sería raro, pues tuvimos un segundo proceso para elaborar una Constitución interpretando, algo torcidamente, los resultados del primer plebiscito. Aunque los partidos políticos casi no tienen adhesión, no pareciera importarles demasiado, total hay bastantes partidos, otros en formación y hay voto obligatorio.

En esta turbulencia política institucional recordamos a Simone Weil, la filósofa francesa, mística de cuño católico, aunque de tradición judía y familia agnóstica; fue una pacifista comprometida, pero sus convicciones éticas la hicieron militar en la resistencia republicana española y en la resistencia francesa ante el horror del nazismo. Conoció a todos los intelectuales que, con posterioridad serían muy renombrados, conocer tanto porque interactuó con ellos como discípula o por sus lecturas. Desafortunadamente murió muy joven en Inglaterra, de tuberculosis a los 34 años. De ella recordamos “Nota sobre la supresión general de los partidos políticos”, escrito entre diciembre de 1942 y abril de 1943.

Dice que “La idea de partido no entraba en la concepción política francesa de 1789, a no ser como un mal que había que evitar. Pero existió el club de los jacobinos. Al principio sólo era un lugar de libre discusión. Lo que lo transformó no fue ninguna especie de mecanismo fatal”. El gran hecho político de la Revolución Francesa lo volvió un partido totalitario. Es un sello de horror para los partidos europeos y de todos los inspirados en ellos; añade “el hecho de que existan no es motivo suficiente para conservarlos. Sólo el bien es un motivo legítimo de conservación. El mal de los partidos políticos salta a la vista. El problema que hay que examinar es si hay en ellos un bien mayor que el mal, que haga que su existencia sea deseable”.

Se trata de un enfoque filosófico, demasiado moral quizás. Por ello sostiene que “sería más adecuado preguntarse: ¿Hay en ellos una parcela, aunque sea infinitesimal, de bien? ¿No son acaso mal en estado puro o casi?  Si son algo malo, está claro que de hecho y en la práctica sólo podrán producir el mal. Es un artículo de fe. «Un buen árbol jamás dará malos frutos, ni un árbol podrido buenos frutos»”.

Continúa reflexionando sobre las respuestas individuales ante los dilemas presentados por los partidos a los ciudadanos. Su juicio se basa en si permiten un comportamiento en consonancia con la justicia. Esto porque el pueblo soberano puede errar en sus decisiones y lo puede hacer democráticamente. Refuerza su aserto recordando que “el verdadero espíritu de 1789 consiste en pensar no que algo es justo porque el pueblo lo quiere, sino que, bajo ciertas condiciones, la voluntad del pueblo tiene más posibilidades que ninguna otra voluntad de ser conforme a la justicia”. Sospecha de la voluntad general porque “en lo que nombramos con ese nombre, el pueblo no ha tenido nunca la ocasión ni los medios de expresar un parecer sobre un problema cualquiera de la vida pública; y todo lo que escapa a los intereses particulares se deja para las pasiones colectivas, a las que se alimenta sistemática y oficialmente”.

La crítica a los partidos políticos se basa en sus propias características, que son que: fabrican pasiones; son una organización que presiona el pensamiento de sus miembros y su fin es su crecimiento sin límite. Todo partido, pues, es totalitario.

Las notas críticas de Weil se sostienen en que no cumplen con las virtudes, por ejemplo, los partidos mienten, tienen muchas definiciones contradictorias de la verdad, muchas veces piden una fidelidad al partido, aunque no se esté de acuerdo con lo que el partido proclama. Hay otras muchas virtudes que los partidos incumplen. Hace un paralelo entre la Iglesia y los partidos y sus luchas contra las herejías, los partidos controlan a sus adherentes como verdaderas iglesias profanas. Este es claro cuando se forman bandos que son cuasi partidos en los estilos de arte, el fútbol, diferencias culturales y otros.

Esta cuasi católica, que creía la doctrina, pero no se bautizó, soñó con una democracia superior y no partidista. Pueden estar muy fuera de tiempo estas notas críticas, pero en términos morales son bastante atendibles y vigentes.

Rodrigo Larraín
Sociólogo y académico

Universidad Central
 

 

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