Rodrigo Torres Santana. Co-fundador & COO MÜUD Tecnology
Chile volvió a convertir el absurdo en espectáculo esta semana. Una influencer condujo a más de 200 kilómetros por hora y lo mostró como una hazaña. Una estudiante de Derecho le dio wasabi a un perro para entretener a sus seguidores y, cuando el país la condenó, se presentó como víctima porque las consecuencias fueron demasiado duras. Y como si fuera poco, tres adultos ignoraron las advertencias por el sistema frontal, subieron de madrugada hacia las Termas del Plomo tras una noche de fiesta y terminaron movilizando un enorme operativo de rescate financiado con recursos públicos. Días después, uno de ellos cobró por contar su historia en televisión. La irresponsabilidad ya no produce vergüenza: produce rating, seguidores y dinero.
Un ejemplo simple lo explica. Imaginemos un colegio donde el profesor enseña toda la mañana que respetar las reglas permite que todos jueguen seguros, pero al terminar la jornada el premio al mejor alumno se lo dan al que más empujó y gritó, porque fue el más popular del recreo. ¿Cuánto tardarán los demás en entender que hacer lo correcto ya no vale nada? Eso es exactamente lo que hacemos como sociedad.
Hubo un tiempo en que nuestros referentes eran José Miguel Carrera, Manuel Rodríguez, Arturo Prat o Gabriela Mistral: personas admiradas por su coraje y su aporte al país. Hoy el algoritmo reemplazó al mérito. Mientras más escandalosa la conducta, más seguidores. El influencer desplazó al profesor, al científico, al bombero y al carabinero que cada mañana cuida a nuestros hijos frente a los colegios. Dejamos de admirar a quienes construyen país para idolatrar a quienes lo degradan frente a una cámara.
Después fingimos sorpresa porque en los colegios ya casi nadie respeta al profesor y aumentan las agresiones. Pero la escuela no inventó esa cultura; recibe el reflejo de la sociedad que los adultos construimos. Apenas entró en vigencia la nueva Ley de Convivencia Escolar, Chile conoció el caso de una niña de siete años apuñalada nueve veces por otra estudiante en La Granja. Esa tragedia recordó que ninguna ley reemplaza el sentido común ni el ejemplo. Chile no necesita otra circular: necesita volver a admirar a las personas correctas.


