Por Rodrigo Torres Santana Co-fundador & COO MÜUD Tecnology
En Concón, el colegio Altazor enfrenta graves problemas económicos que lo han obligado a modificar las condiciones laborales y económicas de sus docentes, tensionando a toda la comunidad educativa. Detrás aparecen problemas financieros y de gestión, pero también las rigideces de la reforma de 2015. Altazor no es sólo una crisis particular: es otra alarma de un sistema que prefiere discutir quién apagó mal el incendio antes que preguntarse por qué el edificio sigue ardiendo.
Y como si la semana necesitará otro espejo, la Corte Suprema ratificó que The Mackay School de Viña del Mar, discriminó arbitrariamente a un estudiante con autismo al expulsarlo mediante Aula Segura. Tres años de tribunales para terminar discutiendo algo que debió resolverse donde comenzó: en una escuela preparada para comprender, contener y educar.
Pero no nos engañemos. Altazor no es el problema. Mackay tampoco. Son síntomas.
La enfermedad es más profunda: llevamos años construyendo educación desde leyes, decretos, protocolos y consignas, mientras la escuela real permanece prácticamente inmóvil.
La Ley de Inclusión del segundo gobierno de Bachelet prometió transformar el sistema. Eliminamos selección, lucro y copago convencidos de que cambiando las reglas cambiaríamos la educación. Hoy, mientras Bachelet aspira a la Secretaría General de la ONU, vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿qué ocurrió realmente con aquella gran transformación?
Porque inclusión sin capacidades suficientes no es inclusión. Es una declaración de principios esperando que un profesor agotado la implemente en una sala con 40 estudiantes.
Los diagnósticos y necesidades educativas han aumentado dramáticamente: los estudiantes con necesidades educativas especiales permanentes se han duplicado en una década. En paralelo tenemos docentes sobrepasados, desregulación emocional, violencia, burocracia y equipos de convivencia convertidos en administradores de protocolos.
Y nuestra respuesta sigue siendo extraordinariamente chilena: crear otro plan. Aula Segura. Aula de Bienestar. Aula Protegida. Aula esto. Aula aquello. A este ritmo solo falta recuperar los patines y guardarlos junto a los PowerPoint donde llevamos veinte años explicándonos que ahora sí transformaremos la educación.
Ese es el problema real: buscamos un culpable distinto para cada incendio porque nadie quiere construir de nuevo el edificio completo y anti-incendios.
La escuela chilena sigue funcionando con una arquitectura diseñada para otro siglo: salas sombrías, horarios rígidos, currículum fragmentado, profesores sobrecargados y una burocracia que confunde llenar formularios con mejorar la educación.
Sabemos el diagnóstico. Vemos los síntomas cada semana. Lo que falta es alguien dispuesto a hacer la cirugía mayor.
Y mientras seguimos organizando seminarios con los grandes pensadores de la Pontificia, ese Olimpo del saber que lleva décadas explicándonos cómo educar sin lograr cambiar la escuela, nuestros niños entran cada lunes a una institución diseñada para el pasado. Mucho paper, mucho experto y poca transformación.
Ese pasado gris y apagado que algunos todavía añoran. Bienvenidos al gobierno de los fomes: mucha aula con nombre nuevo, mucho seminario y ningún arquitecto. La escuela real, esa que nunca construimos, sigue esperando puntualmente todos los lunes a las ocho de la mañana, exactamente donde la dejamos en el siglo pasado.

