La producción nacional bovina cumple con todos los requisitos y su consumo impulsa la economía local, resguardando el sustento de miles de familias que trabajan en el sector y preservan el patrimonio cultural de la vida rural de nuestro país.
Actualmente, más de la mitad de la carne bovina que se consume en Chile proviene del extranjero, principalmente de Brasil y Paraguay. Sin embargo, existe una diferencia sustancial en el origen, la genética y la crianza que se refleja directamente en el plato.
La Dra. Carla Velásquez, académica del Departamento de Ciencia Animal, de la Universidad de Chile, explica que la principal distinción radica en la subespecie. La carne importada suele ser de razas cebuinas (Bos indicus), adaptadas a climas tropicales y con fibras musculares más rígidas. En contraste, la ganadería chilena utiliza mayoritariamente razas británicas (Bos taurus), lo que se traduce en una carne considerablemente más tierna, jugosa y de calidad superior.
La producción nacional destaca por sus altos estándares a lo largo de toda la cadena. Al basarse en un sistema de pastoreo natural, optimiza el bienestar del ganado y genera un producto con un perfil nutricional saludable, rico en Omega-3 y antioxidantes. Asimismo, preferir carne chilena impulsa la economía local, resguarda a la Agricultura Familiar Campesina y preserva las tradiciones rurales. A esto se suma un estatus sanitario privilegiado y un sólido sistema de trazabilidad que garantiza la inocuidad.
Al momento de comprar, la experta recomienda buscar establecimientos autorizados por la SEREMI de Salud, preferir la tipificación V —que identifica a animales jóvenes asociados a mayor terneza— y revisar los sellos de raza, como Angus, para asegurar un mejor marmoleo. La carne de animales criados a pasto puede mostrar un tono más oscuro y grasa ligeramente amarilla, lo cual es completamente normal.
Finalmente, en el hogar resulta indispensable mantener la cadena de frío, refrigerando el producto o congelándolo de inmediato. Para descongelarlo, se aconseja pasarlo del congelador al refrigerador entre 12 y 24 horas antes, evitando la temperatura ambiente para prevenir la proliferación bacteriana. Comprender estos factores transforma la compra diaria en una decisión informada que apoya el desarrollo sostenible de la ganadería local.

