Por Ricardo Rincón González, Abogado
En Chile estamos acostumbrados a que los gobiernos prometan mucho. Pero lo que vemos en el programa de Jeannette Jara es más que promesas: es la misma receta de siempre, sólo que más cara y más grande. Nada en sus propuestas apunta a que las personas vivan con más independencia o que la economía crezca con fuerza. Todo lo contrario: quiere un Estado que lo abarque todo, que reparta, controle y decida, mientras la gente queda cada vez más dependiente de ayudas y subsidios.
Ese es el problema de fondo: cuando el Estado se convierte en el centro de todo, no hay espacio para que las familias, los emprendedores y los trabajadores se desarrollen por sí mismos. Se critica la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades, pero se olvidan que muchas de esas carencias nacieron con los mismos gobiernos que hoy prometen arreglarlo todo. Es como culpar a otros de un incendio que uno mismo provocó, para luego ofrecerse como bombero.
Y mientras tanto, las cifras hablan solas: los empleos informales aumentan porque las pequeñas empresas no pueden con tantas exigencias; la deuda del país crece cada año y ya pagamos miles de millones de dólares sólo en intereses; las promesas de hospitales, viviendas y seguridad se repiten, pero los avances reales son mínimos. ¿Cuántas casas se han reconstruido después de los incendios? Apenas un puñado. ¿Cuánto tarda un hospital? Entre cinco y ocho años, cuando se promete hacerlo en cuatro.
Chile necesita cambios, sí. Pero cambios que devuelvan poder a las personas, que premien el trabajo y la iniciativa, que impulsen la inversión para que haya empleo y mejores sueldos. Seguir agrandando el Estado no es el camino: es cargar la mochila de todos, subir los impuestos y frenar el crecimiento.
Por eso hay que decirlo con claridad: Jara puede cambiar el tono, puede suavizar el lenguaje, pero su proyecto es el mismo. Más burocracia, más gasto y menos libertad. Y cuando la libertad se achica, la gente también

