Por Ricardo Rincón González, Abogado
La historia del conflicto entre Israel e Irán ha sumado un nuevo capítulo tras doce días de intercambio militar abierto que sacudieron a Medio Oriente. Pero más allá de los titulares que anuncian una tregua, lo que realmente se ha sellado es una pausa estratégica, no una paz duradera. El conflicto persiste, latente, intacto.
Ambas potencias regionales reivindican su victoria. Israel asegura haber degradado capacidades clave de su enemigo. Irán, por su parte, clama haber resistido el embate del aparato militar más sofisticado de la región. Pero detrás de los balances triunfalistas, el mapa que queda es sombrío: el equilibrio estratégico no ha cambiado y las causas profundas del enfrentamiento no han sido siquiera abordadas.
El programa nuclear iraní —una amenaza real y constante para la seguridad israelí y regional— sigue siendo el epicentro del riesgo global. Y los brazos operativos de Teherán —Hezbolá en Líbano, milicias chiitas en Siria e Irak, y los hutíes en Yemen— no han sido neutralizados. Solo se han replegado. Y lo más probable es que la reconstrucción de capacidades militares iraníes ya esté en curso en este mismo momento.
Por eso, hablar hoy de “cese del fuego” puede llevar a un espejismo peligroso: el de pensar que el problema se ha contenido. No es así. La tregua no es paz, es respiración táctica. El conflicto se mantiene por diseño: es existencial para Israel y estratégico para Irán. Y lo será hasta que una de las partes altere su doctrina —cosa improbable— o hasta que una confrontación mayor resuelva de forma definitiva un equilibrio imposible de sostener por mucho tiempo más.
La comunidad internacional, que ha actuado en gran medida como observadora silente, debe asumir con realismo que esta tregua no es una solución, sino una advertencia. El riesgo de escalamiento persiste. Y mientras Irán no abandone su camino nuclear y su doctrina de proyección militar regional, y mientras Israel mantenga una doctrina de defensa anticipatoria, el choque es inevitable.
Los niños en Israel, Irán y gran parte de Medio Oriente pueden dormir hoy un poco más tranquilos. Pero la noche sigue llena de pólvora. La amenaza no se ha disuelto. Solo se ha disfrazado de silencio. Y el mundo, si desea evitar una tragedia mayor, debe mirar más allá del cese del fuego y enfrentar la raíz del conflicto con la urgencia que merece.

