Editorial TN.
El inicio de 2026 ha traído titulares optimistas para la economía chilena. Las exportaciones crecieron 15% en febrero, alcanzando US$ 9.083 millones, impulsadas en gran medida por el fuerte aumento del precio del cobre, que registró una variación anual cercana al 39%. El dinamismo de la demanda proveniente de China aparece nuevamente como el gran sostén de la balanza comercial chilena.
A primera vista, las cifras parecen alentadoras. Pero un análisis más detenido revela una realidad mucho más compleja y potencialmente peligrosa: una parte relevante del crecimiento exportador no responde a mayor capacidad productiva ni a diversificación, sino simplemente a un aumento coyuntural del precio de un solo producto.
Ese fenómeno es conocido en economía como “efecto precio”, y suele generar una ilusión estadística de bonanza que, en la práctica, puede esconder debilidades profundas.
Cuando el valor de un commodity sube con fuerza —como ocurre hoy con el cobre— el valor total de las exportaciones aumenta incluso si el país no produce ni exporta más volumen. Es decir, el país puede parecer que exporta más, cuando en realidad solo vende lo mismo a un precio mayor. Eso es exactamente lo que parece estar ocurriendo.
Según los datos del Banco Central de Chile, cerca de la mitad del aumento de las exportaciones en febrero se explica por el mayor precio del cobre. Al mismo tiempo, sectores como el agrícola registraron caídas en sus despachos. En otras palabras: la economía exportadora chilena está creciendo en valor, pero no necesariamente en diversidad ni en capacidad productiva.
Dependencia peligrosa de un solo mercado
A este fenómeno se suma otro factor estructural: la creciente dependencia de la demanda proveniente de China, principal comprador del cobre chileno.
Este vínculo ha sido altamente beneficioso durante dos décadas, pero también concentra riesgos evidentes. Una desaceleración de la economía china, cambios en su política industrial o una transición tecnológica en sus cadenas productivas pueden impactar directamente en los ingresos externos de Chile. Cuando un país depende excesivamente de un solo producto y de un solo comprador relevante, su estabilidad económica queda expuesta a factores sobre los cuales tiene escaso control.
El problema no es el cobre. Chile posee una de las mayores ventajas comparativas del planeta en este recurso, y seguirá siendo un actor central en la transición energética global. El problema es confundir un ciclo favorable de precios con una mejora estructural de la economía.
El cobre ha tenido históricamente ciclos de expansión y caída muy marcados. Cada vez que el precio se dispara, el país tiende a experimentar una sensación de prosperidad que luego se diluye cuando el mercado se normaliza. Lo que hoy aparece como una buena noticia puede transformarse mañana en un ajuste brusco.
La tarea pendiente: diversificar en serio
Chile lleva décadas hablando de diversificación exportadora, sin embargo, la estructura del comercio exterior continúa dominada por recursos naturales y, dentro de ellos, por el cobre.
Mientras el precio del metal siga alto, la urgencia de esa transformación parece desaparecer del debate público. Pero precisamente en los momentos de bonanza es cuando los países inteligentes construyen las bases de su resiliencia futura. La verdadera señal de fortaleza económica no es exportar más porque el cobre subió, sino exportar más porque el país produce más bienes y servicios distintos, con mayor valor agregado y con mercados diversificados.
El aumento reciente de las exportaciones chilenas es, sin duda, una noticia positiva. Pero también es una advertencia. Si el crecimiento del comercio exterior depende excesivamente del precio del cobre y de la demanda de un solo mercado, lo que hoy parece un éxito puede ser en realidad un espejismo estadístico.
La historia económica de Chile está llena de episodios en que el ciclo del cobre definió los momentos de expansión y de crisis. Conocer esa historia debería llevarnos a una conclusión simple: el cobre puede impulsar el crecimiento, pero nunca debería ser el único pilar sobre el cual descansa la economía de un país.

