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Volatilidad no es fragilidad: razones para confiar en la creación de riqueza accionaria

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Editorial

La palabra que domina la apertura de los mercados es cautela. Futuros a la baja en Wall Street, dólar firme por segunda sesión consecutiva, tasas del Tesoro acercándose al 4%, dudas respecto de los recortes de la Fed y cuestionamientos en torno al ritmo de inversión en inteligencia artificial. Europa y Asia replican el tono dubitativo. Brasil y Argentina, en pausa por Carnaval, no aportan hoy señales desde la región.

Pero conviene distinguir entre volatilidad y deterioro estructural. El mercado puede corregir expectativas sin que se altere la tendencia de fondo. Y la tendencia estructural sigue favoreciendo la generación de riqueza en activos accionarios, especialmente en tecnología, energía y minerales estratégicos.

La discusión sobre inteligencia artificial no es si existe demanda. Es cuánto y a qué velocidad crecerá. Como en todo gran ciclo tecnológico —ferrocarriles, electrificación, internet— hay fases de entusiasmo, sobreinversión y ajuste. Sin embargo, el saldo histórico es inequívoco: mayor productividad, nuevas industrias y expansión sostenida del valor empresarial.

Hoy los bancos de inversión publican listas de “ganadores y perdedores” dentro del ecosistema IA. Ese fenómeno no revela retirada de capital, sino rotación y sofisticación. El dinero no abandona el sector: se redistribuye hacia modelos con flujo, eficiencia energética y escalabilidad real. Eso no es colapso; es maduración.

Al mismo tiempo, el bono del Tesoro a 10 años aproximándose al 4% no es una señal hostil para la renta variable. Tasas más bajas o estabilizadas reducen el costo de capital y sostienen valorizaciones de crecimiento. Incluso si la Fed ajusta el número de recortes proyectados, el escenario dominante es de estabilización monetaria. Y en ciclos de tasas descendentes o contenidas, las acciones suelen anticipar recuperación antes que los datos macroeconómicos la confirmen.

El mercado puede buscar refugio táctico en bonos, pero el capital estructural busca crecimiento. Y ese crecimiento tiene hoy dos grandes motores: digitalización e infraestructura energética.

En ese contexto, el cobre ocupa un lugar estratégico. BHP reporta que por primera vez el 50% de sus ingresos provienen de este metal y eleva sus proyecciones de producción en Escondida para 2026 y 2027. Antofagasta plc registra EBITDA récord impulsado por el cobre, aun cuando el mercado castigue transitoriamente sus proyecciones de crecimiento plano.

Más allá de la reacción diaria de las acciones, la tesis estructural permanece intacta: electrificación, movilidad eléctrica, redes inteligentes, almacenamiento energético y data centers exigen cantidades crecientes de cobre. La transición energética y la economía digital no funcionan sin infraestructura física. Y esa infraestructura es intensiva en metales.

En cuanto al oro, su retroceso reciente responde más a factores temporales —como menor demanda durante el feriado chino— que a una debilidad estructural. Los bancos centrales continúan acumulándolo como activo estratégico. Las correcciones, en muchos casos, reflejan toma de utilidades y no un cambio de paradigma.

Lo esencial es comprender que los mercados no están enfrentando un quiebre sistémico. Están recalibrando expectativas. La exuberancia se modera, las valorizaciones se ajustan y los flujos buscan fundamentos más sólidos.

La creación de riqueza accionaria rara vez nace en la comodidad absoluta. Se construye en períodos de duda, cuando el consenso es prudente y la narrativa dominante es cautelosa. En esos momentos se distinguen las empresas con ventaja competitiva real, balance sólido y exposición a tendencias estructurales.

La inteligencia artificial no es una moda pasajera: es infraestructura productiva.

La electrificación global no es una hipótesis: es política pública transversal en economías desarrolladas y emergentes.

La transición energética no es voluntarismo: es necesidad económica y estratégica.

Los ciclos cortos generan titulares; las tendencias largas generan patrimonio.

Por eso, más que “operar con precaución” en un sentido paralizante, el desafío es invertir con visión estratégica. La volatilidad puede ser incómoda, pero no equivale a fragilidad. Cuando los fundamentos se mantienen y la economía global continúa transformándose, la renta variable sigue siendo el principal vehículo de creación de riqueza en el largo plazo.

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