Por Rodrigo Torres Santana, Co-fundador & COO MÜUD Inc.
Debo reconocerlo: esta semana ocurrió algo extraordinario. Encontré una decisión del Ministerio de Educación que merece aplauso. Aunque parezca increíble, la ministra María Paz Arzola, formada en el mundo de las fundaciones y centros de estudio del acomodado sector oriente de Santiago, acertó: priorizar la educación inicial en el Presupuesto 2027 es una buena noticia.
¡Aleluya! Por fin se entendió que las oportunidades educativas comienzan mucho antes de rendir una prueba estandarizada.
Destinar más recursos a jardines infantiles, especialmente a los que atienden a las familias más vulnerables, es una decisión necesaria. La evidencia lleva décadas mostrando que invertir en los primeros años mejora las trayectorias escolares y reduce desigualdades. Felicitaciones, ministra. Esta vez corresponde reconocerlo.
Pero no descorchemos el champán todavía.
Mientras celebramos este pequeño despertar pedagógico, el mismo presupuesto elimina el financiamiento para entregar computadores a los estudiantes de séptimo básico. Brillante estrategia frente a la revolución tecnológica: combatir la brecha digital quitando tecnología.
Y como la austeridad, al parecer, también tiene vocación pedagógica, se reducen los límites de horas docentes y las dotaciones de asistentes de la educación en los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP). Curiosa manera de fortalecer la educación pública: exigirle mejores resultados mientras se le quitan las personas que los hacen posibles.
¿Y los Liceos Bicentenario? Otra joya. Una política que abrió caminos de excelencia académica lejos de los círculos privilegiados verá su financiamiento considerablemente reducido. Por lo visto, ahora la excelencia también deberá aprender a sobrevivir con menos.
La contradicción es fascinante: queremos mejores aprendizajes, pero debilitamos los instrumentos para conseguirlos. Pedimos calidad, pero recortamos a quienes la construyen cada día en la sala de clases.
Ministra, celebro sinceramente su apuesta por la primera infancia. Es correcta, necesaria y largamente postergada. Pero gobernar la educación exige coherencia, no repartir buenas noticias con una mano mientras con la otra se recortan oportunidades. Un niño que hoy entra a un jardín mejor financiado llegará, en pocos años, a un séptimo básico sin computador y a un liceo con menos recursos. ¿De qué sirve sembrar bien si luego se abandona la cosecha?
Educar no consiste en elegir qué generación merece apoyo. Es una trayectoria completa que el Estado debe acompañar de principio a fin.
Por eso, aunque esta semana el Mineduc merece un aplauso, todavía está bastante lejos de merecer una ovación.

