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La igualdad que terminó castigando el mérito

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Por Rodrigo Torres Santna, Co-fundador & COO MÜUD Tecnology

La Cámara de Diputados acaba de aprobar, con 111 votos a favor, 28 en contra y una abstención, la reforma al Sistema de Admisión Escolar (SAE), que pasa ahora al Senado. Y aunque el debate se presenta como una corrección técnica, en realidad es el cierre de un ciclo político que arrancó en 2015, cuando el segundo gobierno de Michelle Bachelet instaló el SAE bajo la Ley de Inclusión Escolar.

La promesa: terminar con la selección para terminar con la desigualdad. Once años después, la épica chocó con la realidad. Los aprendizajes no despegaron; simplemente se redistribuyeron. El Instituto Nacional, símbolo histórico de la excelencia académica, pasó de formar decenas de puntajes nacionales a convertirse en la postal de un sistema que confundió igualdad con nivelación. No se creó más mérito; simplemente se diluyó. Mientras tanto, la matrícula de la educación pública continuó cayendo, la violencia escolar siguió aumentando y miles de familias quedaron a merced de una tómbola que trata igual al estudiante que se esforzó durante años y al que nunca tuvo el mismo compromiso. Porque al parecer, en nombre de la igualdad, el mérito terminó siendo el verdadero privilegio que había que eliminar.

La reforma aprobada esta semana introduce un modelo mixto: Elección Mutua (EM), dónde colegios con sobredemanda podrán ponderar mérito académico y proyecto educativo, y Asignación Aleatoria (AA) como mecanismo residual. Es, en los hechos, una admisión del fracaso: el diseño de 2015 no funcionó y hubo que enmendarlo.

¿Quién defendió el modelo con más fuerza que evidencia? Fundaciones y centros de estudio que construyeron una década de prestigio alrededor del SAE, y hoy guardan silencio en vez de hacer autocrítica. Camila Vallejo, Giorgio Jackson y el propio Ex Presidente Boric, encarnaron ese relato desde la Nueva Mayoría hasta La Moneda; ese ciclo político ya se cierra, y son sus seguidores quienes quedan peleándose los restos del discurso de “igualdad” en educación pública, hoy panfleto barato de la polarización. Cuando una política se vuelve identidad, admitir el error deja de ser una opción; se vuelve traición al relato.

El mérito nunca fue el problema. El problema fue creer que el azar podía sustituirlo sin costo. Confundimos inclusión con uniformidad y equidad con resultados idénticos, y la factura la pagaron los alumnos destacados que perdieron su cupo por sorteo y las familias que nunca pudieron elegir.

La reforma corrige la puerta de entrada. Pero si el Senado y el Mineduc vuelven a discutir solo quién entra y no qué pasa dentro de la sala de clases, habremos cambiado el mecanismo para seguir produciendo los mismos malos resultados.

Rodrigo Torres
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