Rodrigo Torres Santana Co-fundador & COO MÜUD Inc.
Europa está despertando de una pesadilla educativa. Francia, Italia, Albania y España enfrentan movilizaciones de estudiantes y docentes que, aunque nacen de realidades distintas, repiten la misma advertencia: los sistemas educativos dejaron de responder a lo que sus sociedades esperan de ellos. Y Chile, fiel a su tradición, cree que estas cosas solo pasan en los noticieros internacionales.
Durante décadas, cierta izquierda nos vendió una ecuación simple: más acceso es igual a más oportunidades. Más matrícula, más derechos, más promesas. Lo que nunca apareció fue la letra chica: quién lo financiaba, quién lo modernizaba y quién lo sostenía. Democratizamos las expectativas, pero olvidamos democratizar las capacidades para cumplirlas. Entregamos el boleto, pero no el tren.
Entonces llegó la inteligencia artificial y terminó de desnudar al emperador. Seguimos enseñando contenidos que una máquina procesa en segundos, evaluando memorización como si Google no existiera y preparando estudiantes para empleos que cambian antes de la licenciatura. Una genialidad pedagógica digna de museo.
¿Y Chile? Tranquilos. Tenemos nuestra propia bomba de tiempo, pero también a nuestros dioses del Olimpo educativo. Instalados entre prestigiosas facultades de la Pontificia, centros de pensamiento y fundaciones del sector oriente, sin duda encontrarán la solución en algún seminario con desayuno incluido. Con medialunas, ojalá.
El problema es que muchos diseñan políticas imaginando una escuela de catálogo: familias involucradas, infraestructura impecable y un computador por estudiante. Esa escuela de fantasía no se parece a miles de establecimientos públicos, rurales y vulnerables, donde el wifi es un acto de fe.
Desde esa cómoda distancia es fácil hablar de innovación, inclusión y transformación. Lo difícil es sostener aulas sobrepobladas, docentes agotados, estudiantes emocionalmente desbordados y comunidades que dejaron de creer.
Y no, esto no se arregla repartiendo dispositivos, multiplicando diagnósticos ni inaugurando la enésima mesa de expertos, que suele ser la misma mesa con otro mantel.
La educación necesita recuperar su propósito: pensamiento crítico, habilidades humanas, bienestar socioemocional y capacidad para convivir con la inteligencia artificial sin ser reemplazados por ella.
Europa ya muestra qué ocurre cuando se ignoran estas tensiones. Chile haría bien en tomar nota.
Porque cuando una generación descubre que estudió para un futuro que nadie preparó, la frustración deja de ser individual y se convierte en conflicto social.
Y entonces, señores del Olimpo, no habrá seminario, desayuno ni medialuna que alcance para apagar el incendio.


