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“Un Goliat contra un David pequeño, torpe y deslenguado no ayuda ni a Chile ni a EE.UU., pero Chile pierde más”

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Por Ricardo Rincón González. Abogado, ex parlamentario 

Donald Trump ya está de vuelta en la Casa Blanca, y con él, también su arsenal de políticas arancelarias que prometen una nueva era de confrontación económica a nivel global. Fiel a su estilo, el Presidente norteamericano ha reactivado su agenda proteccionista con medidas drásticas: un arancel general del 10% a todas las importaciones y uno que escala y escala y ya está en 125% para los productos provenientes de China. La guerra comercial no sólo ha regresado, sino que se ha recrudecido. Y en este escenario complejo y volátil, Chile aparece como un actor menor, mal preparado y, para colmo, con una diplomacia torpe que ha decidido escalar innecesariamente el conflicto verbal.

El Presidente Gabriel Boric ha optado por el camino del protagonismo ruidoso pero mal calculado. Su reciente intervención, en la que calificó a Trump como un “emperador moderno”, afirmando, palabras más palabras menos, que Trump representa todo lo que detesta o de lo que reniega, no sólo carece de estrategia, sino que exhibe una preocupante ingenuidad diplomática. No se trata de rendirse ante Trump ni de renunciar a principios, pero sí de entender el contexto. Cuando eres una economía pequeña, abierta, exportadora y altamente dependiente del orden económico global, lo último que necesitas es convertirte en blanco de un gobierno norteamericano impredecible y vengativo.

Trump no olvida ni perdona. Y aunque sus políticas arancelarias están principalmente dirigidas a China, el reordenamiento comercial global que ya se empieza a gestar afectará profundamente a países como Chile, que dependen de exportaciones de commodities, especialmente cobre, cuyo principal destino es China. La desaceleración de la economía china como respuesta a los aranceles de Trump puede reducir significativamente la demanda por metales, golpeando los ingresos fiscales y aumentando la presión sobre el tipo de cambio, la inflación y el empleo.

Según estimaciones preliminares de economistas independientes, si China sufre una contracción de 1,5 puntos porcentuales de su PIB como resultado de esta guerra arancelaria, Chile podría experimentar una caída del crecimiento económico de hasta 1 punto porcentual en 2025. Eso implicaría pasar de una proyección de crecimiento cercano al 2,5% a apenas un 1,5%, o incluso menos si la situación se prolonga. Y eso sin contar con los efectos colaterales en la inversión, la confianza empresarial y la estabilidad financiera.

Quienes celebran estas políticas bajo la bandera del “America First” olvidan que Estados Unidos prosperó no a pesar de la globalización, sino gracias a ella. Su liderazgo tecnológico, financiero y militar se ha sustentado en una red de alianzas, inversión extranjera y mercados abiertos. El aislamiento no fortalece, debilita.

En este escenario, el Gobierno chileno debería estar concentrado en fortalecer sus lazos con todos los socios comerciales, diversificar exportaciones y cuidar cada espacio de interlocución con las grandes potencias. En lugar de eso, opta por la descalificación pública y una política exterior que parece más un monólogo ideológico que una estrategia de Estado.

Chile no tiene margen para equivocarse en su política exterior. No es una potencia, no imprime dólares, no define las reglas del juego. Pero puede —si actúa con inteligencia— jugar un rol útil, como lo ha hecho históricamente: un país confiable, respetuoso del derecho internacional, abierto al mundo y dialogante.

Trump puede equivocarse con sus aranceles. Es probable que lo haga. Pero Boric se equivoca al creer que enfrentarlo con frases rimbombantes lo hace más valiente. Lo hace sólo más vulnerable. En esta guerra entre Goliat y David, el problema es que David, además de pequeño, se ha vuelto torpe y deslenguado. Y eso no le sirve ni a Chile, ni a Estados Unidos. Pero a Chile, sin duda, le cuesta más caro.

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