Rodrigo Torres Santana, Co-fundador & COO MÜUD Tecnology
Cada cierto tiempo la política educativa chilena descubre una nueva solución milagrosa. En 2018 fue Aula Segura; ocho años después, el libreto apenas cambia. Ahora se llama Escuelas Protegidas. Cambia el nombre, cambia el eslogan y cambian los rostros, pero la misma corriente ideológica sigue convencida de que basta con bautizar una ley para resolver un problema. La receta continúa siendo exactamente la misma: responder a un problema profundo con una solución tan visible como superficial.
La nueva ley promete devolver el orden mediante más atribuciones, revisión de mochilas y mochilas transparentes como símbolo de seguridad. Incluso se instaló la frase “el que nada hace, nada teme”, como si un colegio funcionara con la lógica de un control aeroportuario.
¿De verdad creemos que la convivencia escolar se reconstruye revisando mochilas? Si esa fuera la respuesta, bastaría instalar escáneres y detectores de metales para resolver una crisis incubada durante años.
Pero la violencia escolar no nace dentro de una mochila. Nace en la ausencia de prevención, la falta de apoyo en salud mental, protocolos sin fiscalización y un sistema que dejó a docentes y directivos enfrentando problemas cada vez más complejos con menos herramientas. Una mochila transparente, en cambio, cabe perfecto en una fotografía y un titular.
En Estados Unidos llevan más de dos décadas aplicando detectores de metales, policías escolares, cámaras y mochilas transparentes. Sin embargo, organismos como la American Academy of Pediatrics, la National Association of School Psychologists, la RAND Corporation y la Government Accountability Office, coinciden en que estas medidas tienen un impacto limitado y nunca reemplazan la prevención, la salud mental, la intervención temprana ni el fortalecimiento del clima escolar.
Chile parece decidido a importar el accesorio, pero no la evidencia. El Ministerio de Educación continúa escuchando principalmente a un reducido grupo de fundaciones y centros de estudio, mientras la evidencia internacional insiste en que ningún detector, mochila transparente o protocolo sustituye equipos de convivencia sólidos y una intervención oportuna.
Seguimos transformando los colegios en una fiscalía. Al docente ya no solo se le exige enseñar y contener emocionalmente; ahora también deberá revisar mochilas. De paso nace otro negocio: las mochilas transparentes. Como ocurrió con los chalecos reflectantes, alguien venderá la ilusión de seguridad mientras el verdadero problema sigue intacto. La violencia escolar no se combate mirando una mochila, sino entendiendo por qué un estudiante sintió la necesidad de llevar un arma dentro de ella realmente.


